Hace poco perdí a un muy buen amigo. No fue algo completamente inesperado, mi amigo llevaba ya tiempo luchando contra una grave enfermedad y hace unos meses sufrió una recaída que le llevó al hospital, con un pronóstico tan negativo que incluso llegamos a despedirnos. Recuerdo el dolor de aquellos días que se me hicieron interminables, como también recuerdo la inmensa alegría de cuando le dieron el alta porque parecía que el tratamiento estaba funcionando mejor de lo esperado.
Excepto durante aquellos momentos, nunca hablábamos de su enfermedad. La vida no está hecha para desperdiciarla hablando de cuándo se va a acabar, menos aún si ese momento está demasiado cerca. Nunca supe que el tratamiento no había funcionado tan bien como parecía en un primer momento, creo que él intuía que saber eso habría cambiado nuestras charlas y, supongo, él prefería que todo siguiera como siempre.
A pesar del cariño que nos teníamos y de todo lo que compartimos, mi amigo y yo nunca llegamos a encontrarnos. Ni siquiera sabíamos el nombre que figuraba en el documento de identidad del otro. Nos conocimos por Internet y, como buenos millennials que llevábamos ya años usando foros antes de que apareciera Facebook para vender nuestros datos, los dos valorábamos poder escapar de esa tiranía impuesta por las grandes tecnológicas y sabíamos que no necesitábamos un nombre legal para crear un vínculo con otra persona. Nada de esto fue nunca un problema ni lo es ahora, para mí aquél seudónimo por el que le conocí es su nombre auténtico, como auténtico es todo el tiempo que pasamos juntos aunque estuviéramos a kilómetros de distancia.
Pero sí hay algo que lamento profundamente de la parte virtual de nuestra amistad. Todas nuestras charlas, todos aquellos fantásticos momentos que compartimos, se hacían a través de una plataforma. Quiso la mala puta suerte que, justo en el momento en el que mi amigo desapareció, estuviera tomándome un descanso de esa plataforma por motivos que nada tenían que ver con él. No fue hasta que ya era demasiado tarde que descubrí que, justo en ese tiempo que estuve desconectado, él intentó despedirse. Pero yo no estaba allí. Aunque no me culpo por necesitar aquella desconexión, se hace inevitable que al ya de por sí insoportable dolor de perder a mi amigo se le una el amargo trago de no haber podido despedirme de él por una coincidencia increíblemente desafortunada.
Estos días recuerdo una y otra vez el último mensaje de Heng a Yi en Nine Sols. Aunque la historia del juego ya me enamoró por completo en su momento, hoy no puedo quitarme esa escena de la cabeza, ni puedo evitar pensar que cuando mi amigo me recomendó jugar a aquel fantástico juego lo hizo también porque estaba haciendo suyas aquellas palabras, como si supiera que no tendría ocasión de decírmelas directamente.
Quiero que sepas que mi tiempo ha llegado. Pero no te preocupes, no me voy a ir a ninguna parte. Solo me adelantaré a ti para volver al cielo y a la tierra.
Te quiero, hermano. Disfruté cada minuto que compartimos y espero que ese Camino del que hablaba aquel viejo maestro vuelva a reunirnos algún día. Te echo mucho de menos.