Valadrem

«Parecen fuegos de artificio»

26 de agosto de 2025

Google iOS

En su enésimo paso hacia la aniquilación de cualquier resto de libertad en internet, y viendo la falta total de objeción a todos los pasos anteriores, Google se ha venido arriba y ha anunciado que, a partir del año que viene, Android dejará de ser un sistema abierto a todo el mundo y únicamente los desarrolladores aprobados por Google podrán crear aplicaciones para su sistema.

Por descontado, se acabó YouTube ReVanced, lo cual probablemente era el primer y principal objetivo de este cambio, pero también se acabó F-Droid y esas incontables apps completamente legítimas pero que no estaban en la tienda oficial. Se acabó poder usar tu móvil sin estar permanentemente rastreado por Google. Se acabó encontrar una app en GitHub que resolvía ese pequeño problema que solo os interesaba a ti y a un tío de Letonia. Se acabó modificar el código de las apps de código abierto que podías mejorar tú mismo y se acabó descompilar esa app abandonada de hace 10 años que se niega a funcionar en la última versión de Android pero que funciona perfectamente cambiando solo una línea del manifest. En resumen, se acabó Android, a partir de ahora tendremos que conformarnos con una suerte de iOS lite de mierda, igual de cerrado que el de Apple, pero más lento y con menos actualizaciones. Planazo.

Si esto suena vagamente familiar es porque tiene un precedente directo: Firefox. Desde su origen hace más de dos décadas, la filosofía del navegador era cualquier persona podía escribir extensiones que hicieran cualquier cosa. Exactamente igual que en Android. Software libre y eso, que decían. No hace ni ocho años que "Mozilla" decidió, en nombre de la seguridad, que las extensiones debían quedar reducidas a su más mínima expresión, solo deberían poder hacer lo que Mozilla expresamente aprobara y solo deberían poder instalarse si estaban firmadas por una cuenta de desarrollador autorizado. Exactamente igual que ocurrirá en Android a partir de ahora. Como decía Ignatius, la casualidad...

A nadie se le debería escapar que, a pesar de una impostada independencia de la que no dejan de presumir sin motivo, Mozilla está casi enteramente financiado por Google. Algo que, por cierto, ni siquiera es por falta de interés de los internautas que preferirían tener una navegador realmente libre: Mozilla expresamente renuncia a donaciones que ayuden a mantener vivo Firefox y cualquier donación a la fundación se dedica exclusivamente a financiar supuestas actividades sociales entre las que, por supuesto, no se encuentra la defensa del software libre ni cualquier otra movida que pueda poner nerviosos a sus amos.

No es de extrañar que, una vez comprobado que el experimento ha sido todo un éxito y la gente está dispuesta a asumir controles draconianos en su sedicente software libre, Android pueda permitirse seguir el mismo camino con total seguridad. Por cierto, gran parte del código de Android está basado en Linux y, supuestamente, debería estar regido por mogollón de licencias de software libre cuyo propósito original es, literalmente, evitar que se recorten derechos a los usuarios. ¿Ha oído alguien, alguna vez, a algún representante de Linux protestar por estas putas mierdas? No, por lo que sea, esa gente esta a otras cosas. Que una cosa es ser "libre", con muchísimas comillas, y otra cosa es no estar a lo que nos digan desde Estados Unidos, que para eso son ellos los que deciden lo que debemos entender por "libertad".

Tal vez, si no fuéramos completamente gilipollas, empezaríamos a cuestionarnos cómo es posible que Google no haya tenido ningún problema en modificar por completo la instalación de aplicaciones en Android para introducir un enorme cambio que absolutamente nadie ha pedido, mientras que a día de hoy actualizar el sistema operativo a su última versión todavía sigue siendo misión imposible en miles de modelos. Casi pareciera que ponen más interés en joder a los usuarios que en tomar medidas útiles que ayudarían a reducir enormemente la generación de residuos electrónicos. Menos mal que somos gilipollas y podemos seguir creyéndonos que Google es una empresa chupiguay que se preocupa mogollón por todos nosotros y nuestro planeta y su puta madre en bata.

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🔗 | Publicado: 16:19

29 de julio de 2023

Googlenet

No es ningún secreto que, desde hace ya varios años, Google ha puesto todo su empeño en controlar Internet. En un principio, este control prácticamente se limitaba a la hegemonía absoluta de Google AdSense, un monopolio de facto responsable de la mayoría de publicidad en Internet y que, como bien saben los creadores de intentos fallidos como Vidme, convierte cualquier intento de crear un servicio que compita con otro de Google en una misión suicida.

Aunque este monopolio ante el que los reguladores prefieren mirar hacia otro lado supuso catapultar a Google a la elite de las empresas más poderosas, no fue suficiente. Nunca lo es. Lo que llevó a la creación de otras herramientas de control aún más turbias, entre las que destaca especialmente Google Chrome. Con una cuota de mercado que ya hubiera querido para sí Internet Explorer en sus mejores días, Chrome se sitúa a años luz de sus competidores en una carrera en la que el otrora estandarte del Internet libre Firefox, un competidor abiertamente subvencionado por Google, no tiene el menor interés en plantar cara.
El ridículamente desproporcionado éxito de Chrome no se produjo de casualidad. Al contrario que en el caso de Internet Explorer, cuya principal ventaja era simplemente venir instalado en Windows, Chrome usó una estrategia infinitamente más retorcida: el secuestro unilateral del estándar HTML.

Hasta la llegada de los esbirros de Google al W3C, el HTML era un estándar relativamente sencillo cuyos puntos negativos podían achacarse a errores más o menos inocentes y que se limitaba a establecer unos puntos bastante básicos sobre el formato de las páginas web. Hacer un navegador de Internet no era una tarea trivial, pero no estaba en absoluto fuera del alcance de una empresa que quisiera hacerlo, como fue el caso de Netscape o Konqueror.

Todo iba bien hasta que Google tuvo una idea repugnante que cambiaría Internet para siempre: enmerdar el estándar todo lo posible para destruir a la competencia. Poco a poco, Google fue añadiendo sugerencias completamente ridículas al estándar, muchas de ellas redundantes e innecesarias cuando no directamente hostiles, hasta convertir el relativamente sencillo estándar en algo monstruoso y completamente inabarcable.
El infumable engendro pergeñado por Google podría parecer la continuación de los errores que ya afectaban al antiguo estándar, si no fuera porque el extraordinario número de errores pone en duda su cualidad de meras equivocaciones sin maldad, pero sobre todo por el hecho de que esta inmanejable cantidad de errores supone un auténtico torpedo contra cualquier otro navegador.

Google no necesita pelearse con estas nuevas y ridículas adiciones, todas ellas ya están en el código de su Chrome para cuando deciden añadirlas al estándar, pero obligan a cualquier otro navegador a estar al día. Una tarea hercúlea hasta para los navegadores ya asentados y que llevó incluso al Edge de Microsoft a claudicar y convertirse en un mero Chrome con otro nombre. Y si difícil es para un navegador ya existente cumplir con el infumable estándar, aun lo sería más para quien quisiera hacer una nuevo navegador desde cero, para quien la tarea sería directamente imposible.
Obligar a los demás navegadores a rendirse, abandonar su código y convertirse en meros clones de Chrome no es una tarea desinteresada. Chrome (y sus clones) envían jugosos datos a Google, haciendo del propio navegador una herramienta de control con la que seguir engordando las cuentas de AdSense. Y, si esto no fuera suficiente, controlar el mercado global de los navegadores permite machacar aún más a la competencia en otros ámbitos.

Google ha mostrado en varias ocasiones su interés en eliminar por completo las cookies de Chrome. Como todos sabemos ya, estas cookies se usan para el seguimiento de los usuarios, pero su eliminación no supondría más privacidad, sino que únicamente se limitaría a hacer imposible el seguimiento por parte de terceras empresas. Google, con su seguimiento integrado en el propio navegador, seguiría funcionando y rastreando a todo el mundo sin la menor dificultad, solo que sin competencia posible.
El afán de Google por la dominación mundial ha alcanzado ahora un nuevo y repugnante hito con la indefendible introducción esta misma semana de Web Environment Integrity, algo que la comunidad no ha dudado en bautizar como el DRM para la web. En efecto, así como el DRM de toda la vida es un despreciable sistema creado para que grandes empresas puedan decidir lo que podemos y no podemos hacer en nuestros propios ordenadores, normalmente limitado a páginas de streaming o videojuegos, la idea es extender este puño de hierro a todo Internet. Resumiendo mucho, la idea es que, en adelante, los servidores solo sirvan contenido a los navegadores que se identifiquen como seguros. Una vez más, el viejo cuento de la seguridad, esta vez llevado al extremo del cinismo.
La excusa de la seguridad no es solo moralmente dudosa, dado que obviamente el objetivo no fue jamás mejorar la seguridad de nadie sino solo controlar Internet todo lo posible, es que en este caso es directamente mentira según cualquier posible definición del término. El único ataque que esta basura distópica podría evitar es uno en el que alguien manipulara la página que visitamos para que enviara nuestros datos a otro sitio en vez de donde nosotros queremos. Lo malo es que este ataque simplemente no existe.

Si alguien tuviera ese tipo de acceso a nuestro ordenador, le bastaría con leer las pulsaciones de teclado, sin necesidad alguna de manipular la página, algo que literalmente no se hace jamás. En todo caso, el ataque más habitual que sufre el ciudadano es meter sus datos en una página engañosa y este invento no hace absolutamente nada por evitarlo. Irónicamente, la única contribución de Google a los ataques reales, lejos de evitarlos, es hacerlos más convincentes y llevar a la gente a picar más fácilmente.

Como ya pasara con aquella reciente campaña de desprestigio contra Richard Stallman por parte de la miserable OSI a sueldo de Facebook y Microsoft, una de las ratas cómplices de este dislate tira cualquier resto de dignidad por la ventana y publica abiertamente el que muy probablemente será el ideario para defender esta abominación: los únicos que están en contra son los malvados hackers rusos que quieren hacer cosas malas. Poco importa que a los malvados hackers rusos se la pele tres cojones porque estas fastuosas medidas de seguridad no harán nada contra el espionaje ni el phising, poco importa que quienes realmente se oponen sean organizaciones intachables como la FSF. La verdad es irrelevante cuando eres una gran empresa y puedes pisotear el mundo a tu antojo.
Si nada lo impide, Web Environment Integrity tendrá efectos aterradores. Herramientas como Nitter o Invidious dejarán de jugar al juego del gato y el ratón para seguir funcionando, porque simplemente no podrán volver a hacerlo jamás. La RIAA no necesitará intentar tirar youtube-dl por millonésima vez, porque descargar cualquier video será sencillamente imposible. Los navegadores pequeños como Pale Moon o Waterfox dejarán de funcionar al no poder certificarse como seguros ante los ojos del amo y señor Google. El único modo de usar Internet será abriendo la última versión de Google Chrome y usándolo exactamente como una empresa decida que podemos usarlo.

Si alguna vez has usado otro navegador, si has instalado una extensión para cambiar el estilo de una página, si has usado un frontend alternativo para consultar Twitter, Reddit, o tu lector de noticias en lugar de abrir la página oficial, si has descargado un vídeo de YouTube o de Instagram para guardarlo, o incluso si simplemente has guardado una puta foto de una página para usarla como meme, aprovecha para volver a hacerlo ya mismo, porque la fiesta se acaba muy pronto. Porque, aunque no lo supieras, eres un malvado hacker ruso y Google va a acabar contigo.
Иди нахуй, Гугл.

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🔗 | Publicado: 16:26

20 de marzo de 2023

Seguridad mal

Hace unos años, el genial xkcd publicaba una viñeta sobre cómo todos habíamos acabando usando contraseñas difíciles de recordar pero fáciles de adivinar para un ordenador, cuando en realidad todos podríamos estar usando contraseñas mucho más fáciles de recordar y difíciles de adivinar.
La viñeta tuvo gran resonancia, aunque como cualquiera pudo descubrir, era por desgracia de escasa utilidad. La mitad de las páginas en las que intentamos registrarnos nos obligan a usar mayúsculas, números y símbolos, llevándonos directamente a la categoría de difíciles de recordar, mientras que la otra mitad impone restricciones absurdas como longitudes muy cortas, con lo que usar varias palabras queda descartado.

Pese a lo limitado de su aplicación, la viñeta sí que sirve de ejemplo para un problema a menudo olvidado, los consejos mal. Anticonsejos. No empezamos a usar contraseñas difíciles de recordar por capricho, sino porque nos dijeron que era lo mejor. Un consejo que sin duda tenía su parte de verdad, pero acababa siendo negativo para nuestra seguridad. Y muy en el hilo de estos anticonsejos, hay otro consejo tan nefasto que me da sudores fríos cada vez que lo veo: el del candadito.
El saber popular nos dice que cuando queramos estar seguros de que la página en la que estamos es de fiar, tenemos que mirar ahí al lado de la dirección y fijarnos en que haya un candadito. Este consejo, que hace un par de décadas era completamente legítimo, es hoy el mayor disparate que podamos escuchar: el candadito no significa absolutamente nada, ni nos da absolutamente ninguna seguridad. Y podemos dar las gracias a Google por hacer ese candadito completamente inútil.

Cuando nació el consejo, la inmensa mayoría de Internet no estaba encriptado. Las páginas usaban el protocolo http, te conectabas a un servidor, el servidor devolvía la página, y cualquiera que hubiera pinchado tu línea (?) podía ver que estabas poniendo comentarios en el 20 minutos. Únicamente unas pocas páginas, las menos, estaban encriptadas y usaban el protocolo https, con esa s de secure al final y un candadito al lado de la dirección. Así, alguien que estuviera pinchando tu línea (?) sabría que entrabas en la web de tu banco, pero ya no podría ver tu saldo, ni ordenar una transferencia en tu nombre. Por entonces usar certificados https era algo muy exclusivo, únicamente usado por bancos, tiendas electrónicas y sitios por el estilo y era muy, muy improbable que alguien que quisiera hacerse pasar por tu banco hiciese una página https. El consejo de fiarse del candadito tenía sentido.

Cuando Google lanzó su navegador y decidió que solo ellos podían controlar Internet, la cosa cambió. No se habían ellos gastado varios millones en hacer su propio navegador para ver qué páginas visitas y qué haces en ellas, para que luego cualquiera que fuera por ahí pinchando tu línea (?) también pudiera ver lo mismo. Así que Google decidió que todas las páginas deberían pasar a https y empezó a presionar para que se cumpliera su voluntad. Moderadamente encomiable propósito, aunque no pudiera estar más lejos de ser desinteresado, esta decisión supuso la democratización absoluta de los certificados https. Es bastante sencillo para cualquiera con conocimientos de programación el añadir un certificado a un servidor, y para quien no quiera ni molestarse, muchos proveedores de hosting lo incluyen con sus paquetes habituales.
Esta democratización del https supone que ese malvado enemigo que pinchaba nuestra línea (ruso, seguro, siempre son rusos) ya no podrá espiarnos tanto. Sabrá la página porno en la que entramos, pero no sabrá qué vídeo vemos, así que ese oscuro secreto queda entre nosotros y los de la página. Bueno, y Google. Hasta ahí todo maravilloso y fantástico...

Lo que igual es un poco menos maravilloso y fantástico es que ahora nuestro malvado ruso que ya no nos puede espiar puede irse al proveedor de hosting más barato que encuentre, registrar un dominio con el nombre de nuestro banco por ahí en medio y, oh sorpresa, ahora tendrá una página falsa con un maravilloso candadito. ¿Os acordáis de que hemos educado a millones de personas en la asociación candadito = página segura? Bien, enhorabuena, ahora esos millones de personas confiarán en una página maliciosa gracias a que hemos quitado absolutamente cualquier significado al símbolo que anteriormente nos indicaba que podíamos confiar. Gracias, Google.
Por cierto, los efectos secundarios de la genial idea de Google no acaban ahí. Pese a lo masivo de su adopción, https es una tecnología bastante mierder y a lo largo de los últimos años hemos podido ver como, por debajo, las conexiones https iban cambiando continuamente. SSL 3.0, TLS 1.0, TLS 1.1... A medida que se lanzaba un nuevo protocolo, el anterior quedaba abandonado. Como también quedaban abandonados incontables equipos, incapaces ya de conectarse al no recibir actualizaciones.

¿Tienes en un cajón algún teléfono viejo con Android 2 o alguna BlackBerry anterior a BB10? Enciende tu cacharro y disfruta de emocionantes errores que te impedirán abrir ninguna de las páginas que guardaste en marcadores. Puede que sólo quieras ver el tiempo y no te importa que nadie te espíe, no importa, por tu seguridad, tu teléfono es ahora un ladrillo que te impedirá acceder a cualquier página. Guarda sitio para cuando todos y cada uno de los dispositivos que tienes ahora y aun funcionen sigan el mismo camino a medida que la tecnología siga avanzando y la obsolescencia progra... uh... quiero decir, la tu seguridad los haga completamente inútiles. La misma seguridad que lleva a que millones de personas hoy confíen en un candado que no significa absolutamente nada. Gracias, Google.

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🔗 | Publicado: 14:14

2 de diciembre de 2014

Información sobre seguridad


No guarde el dispositivo en microondas. No muerda ni chupe el dispositivo. No introduzca el dispositivo en sus ojos, oídos o boca. Pues menos mal que avisan, porque es justo lo que suelo hacer con todos mis teléfonos, claro.

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🔗 | Publicado: 11:23

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